Ismael Mateo, de trabajador del campo a dueño de una floristería

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Ismael Mateo comenzó recogiendo fresas y ahora es un emprendedor con sueños de grandeza

Ismael Mateo, dueño de una floristería en La Puente, CA.

La historia de Ismael Mateo es la de un latino obstinado y perservante. Este inmigrante mexicano llegó a Estados Unidos a trabajar en el campo con sus hermanos, y 17 años más tarde puede presumir de tener un negocio en propiedad. Le inspiró una conferencia organizada por Su Socio de Negocios con Marco Antonio Regil como invitado especial, y se lanzó a probar suerte.

Karen’s Flower Boutique es una floristería con ganas de tener un impacto en la comunidad de La Puente, California. Mateo la abrió hace un mes y medio después de que su mujer trabajara en un vívero durante años. “Eso nos dio la idea y aquí estamos, con la determinación de sacarlo adelante”.

Sentado en la trastienda de su local en el 17307 de Valley Blvd, Mateo dice que fue la revista El Clasificado —dueña de Su Socio de Negocios— la que le ayudó a dar el paso. “En una ocasión, el Clasificado trajo a Marco Antonio Regil a un evento y yo fui, con ganas de conocer a gente que se supera, y me sirvió”.

Inspirados por esos mensajes de Regil arrancó el negocio, una floristería que ofrece sus servicios para quinceañeras, cumpleaños y toda clase de eventos. Mateo se decantó por las flores porque “a los hispanos les gustan las fiestas, y mi idea era llegarle a la gente con un precio más asequible. Me encanta trabajar con flores, los diseños, las orquídeas, decorar, me gusta la creatividad, hacer algo diferente”.

Además de los eventos, vende plantas como bonsais o el conocido como Palo de Brasil. “Estamos también muy metidos en el lucky bambu”, comparte, “un producto que no se echa a perder tan rápido y que no requiere tanto cuidado”.

Mateo llegó a Estados Unidos hace 17 años procedente de Michoacán. En Morelia estudiaba Derecho, pero por falta de recursos económicos no pudo terminar. “Me hice el propósito de venir a EEUU y juntar dinero”, indica. “Llegué con mis hermanos a Oxnard, trabajando en el campo, recolectando aguacate, fresa, y me emocionaba el trabajo. Pero me mataba la espalda, por estar todo el día trabajando por el mínimo salario. Al final se me hizo un martirio. Respeto mucho a los que lo hacen”.

Después se puso a estudiar inglés y a trabajar de lavaplatos en un restaurante. “Mi idioma no era el español, sino el purépecha, así que me hizo un poco más fácil aprender inglés. Además me gustaban las ventas y vi que había oportunidad de ganar dinero en una empresa de muebles. Le eché muchas ganas y me fue bien.

Años más tardé llegó la oportunidad para su mujer de trabajar en un vivero y con ello los sueños de hacer algo propio. Y ahí están, dando los primeros pasos. “Siempre me ha gustado asumir mis riesgos y no pararme a decir, yo no puedo”, razona el emprendedor. “Hay que luchar para que sucedan las cosas. Solo tenemos una vida y el tiempo pasa. Hay que aprovechar las oportunidades que se presentan. Hay que superarse”. Sin duda, un ejemplo para la comunidad.

 

 

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